En un país como México no podemos negar que nos sobra intolerancia. Sin importar origen, clase social, nivel educativo, religión, preferencia sexual u orientación política los mexicanos somos intolerantes, intransigentes, discriminadores y envidiosos. Y sí, yo no me excluyo de ese grupo, aunque creo ser moderado. Me molestan las señoras de la Minivan del año con su estereotipo de clase que no pueden manejar por insurgentes, los politiquillos con su demagogia partidista sobre una visión del mundo que no comparto pero que debo considerar a fuerza, el sacerdote antiaborto que justifica su racionamiento con argumentos que no entiendo pero que son una verdad poco cuestionable, el conductor del pesero que se burla en mi cara cuando le pido bajar el volumen de la novena rola de reggeaton que truena en los parlantes y me provoca migraña. Yo no los odio, simplemente no los tolero.
Y las razones de mi intolerancia, como la de muchos mexicanos, y en particular de muchos chilangos, no son por mi neurosis adelantada con la llegada de mis treinta años, sino por una razón cultural. A mi parecer, la construcción de nuestro país estuvo fundamentada en el desarrollo de sociedades claramente segmentadas desde tiempos prehispánicos y coloniales, divididas en parte étnicamente a pesar de un mestizaje importante, sectorizadas económicamente entre familias migrantes, grupos de abolengo y comunidades culturales específicas, y fragmentadas regionalmente entre norte, centro y sur. Todo esto, consolidado bajo una doctrina de lo que debe ser el mexicano modelo (católico, macho y patriota) y la mexicana modelo (trabajadora, sumisa y guadalupana), que incluso hoy se mantiene presente en muchos sentidos y en muchos aspectos de nuestra realidad nacional.
¿Somos como somos porque la historia nos hizo de esta manera? No lo sé. Pero sí creo que influye mucho en porqué el mexicano es como es. Encontrar espacios de tolerancia y de apertura en un país como el nuestro cuesta trabajo. Vivimos más la crítica, la burla y el ataque permanente motivados por el resentimiento, la prepotencia, la inferioridad y la superioridad. La Ley de Sociedades de Convivencia podrá ser para muchos una estrategia política para atraer a la comunidad gay hacia una propuesta partidista, y para otros, un pretexto para darle espacios a la comunidad homosexual para sus “destrampes.” Para mi la Ley representa un importante parte aguas de reflexión de cómo podemos cambiar nuestra concepción de país y sociedad a favor de una cultura constructiva que busque la equidad, la integración y la tolerancia, y por ende la construcción de una nueva forma de hacer política, negocios, entablar relaciones personales, trabajar, interactuar socialmente y vivir en México.
Muchos podrán querer ofrecerme un pañuelo por ser demasiado romántico u optimista. Adelante, podré sonar algunas mucosidades. Lo que espero de todos es una reflexión seria de nuestra intolerancia hacia algo tan común y corriente como querer vivir con la persona que amas. ¿Tiene eso algo de malo? ¿O simplemente está mal porque debemos juzgar todo lo que es distinto a nuestra propia forma de ver las cosas?
Martino
Y las razones de mi intolerancia, como la de muchos mexicanos, y en particular de muchos chilangos, no son por mi neurosis adelantada con la llegada de mis treinta años, sino por una razón cultural. A mi parecer, la construcción de nuestro país estuvo fundamentada en el desarrollo de sociedades claramente segmentadas desde tiempos prehispánicos y coloniales, divididas en parte étnicamente a pesar de un mestizaje importante, sectorizadas económicamente entre familias migrantes, grupos de abolengo y comunidades culturales específicas, y fragmentadas regionalmente entre norte, centro y sur. Todo esto, consolidado bajo una doctrina de lo que debe ser el mexicano modelo (católico, macho y patriota) y la mexicana modelo (trabajadora, sumisa y guadalupana), que incluso hoy se mantiene presente en muchos sentidos y en muchos aspectos de nuestra realidad nacional.
¿Somos como somos porque la historia nos hizo de esta manera? No lo sé. Pero sí creo que influye mucho en porqué el mexicano es como es. Encontrar espacios de tolerancia y de apertura en un país como el nuestro cuesta trabajo. Vivimos más la crítica, la burla y el ataque permanente motivados por el resentimiento, la prepotencia, la inferioridad y la superioridad. La Ley de Sociedades de Convivencia podrá ser para muchos una estrategia política para atraer a la comunidad gay hacia una propuesta partidista, y para otros, un pretexto para darle espacios a la comunidad homosexual para sus “destrampes.” Para mi la Ley representa un importante parte aguas de reflexión de cómo podemos cambiar nuestra concepción de país y sociedad a favor de una cultura constructiva que busque la equidad, la integración y la tolerancia, y por ende la construcción de una nueva forma de hacer política, negocios, entablar relaciones personales, trabajar, interactuar socialmente y vivir en México.
Muchos podrán querer ofrecerme un pañuelo por ser demasiado romántico u optimista. Adelante, podré sonar algunas mucosidades. Lo que espero de todos es una reflexión seria de nuestra intolerancia hacia algo tan común y corriente como querer vivir con la persona que amas. ¿Tiene eso algo de malo? ¿O simplemente está mal porque debemos juzgar todo lo que es distinto a nuestra propia forma de ver las cosas?
Martino
No hay comentarios.:
Publicar un comentario