Cuando atentaron contra Colosio tenía 15 años. A esa edad no tenía conciencia de quién era el candidato presidencial del PRI ni de lo que significaba su muerte. Lo que podía entender sobre el asunto se limitaba a lo que todos los canales de televisión repetían una y otra vez:”Luis Donaldo Colosio ha sufrido un atentado”.
A raiz de la muerte de Colosio un inusual interés por la política me llevó a leer periódicos y a comprar revistas que tocaran el tema de lo sucedido el 23 de marzo de 1994. Sin ni siquiera darme cuenta, lentamente fui mitificando y desarrollando una admiración casí religiosa de su imagen. El discurso del 6 de marzo se convirtió para mí en un documento sagrado que sugería la posibilidad de un país mejor, de un México sin hambre y sin sed de justicia.
Hoy las cosas han cambiado. Ahora ya no soy tan joven ni tan ingenuo para dar por hecho que un solo hombre habría podido ser capaz de cambiar al país. Ahora pienso, no sé si con o sin fundamentos, que Colosio únicamente hubiera sido un Presidente más sensible que aquél que gobernó al país entre 1994 y 2000. No sé si hubiera podido evitar el error de diciembre pero sí creo que hubiera dado a México una dirección diferente de la que éste tomó.
Pero, bueno, la historía siguió avanzando y después del asesinato de Luis Donaldo Colosio llegó Ernesto Zedillo a Los Pinos. Y en el 2000, Vicente Fox hizo lo propio y durante ese sexenio poco se avanzó. Ya para el 2006 las expectativas estaban por los suelos. El nivel tan alto de estupidez mostrado por toda la clase política de México durante el proceso electoral no tardó en colmar el ánimo de los ciudadanos que, para el 1 de diciembre del 2006, lo único que exigíamos era dejar todo atrás y ver hacia delante.
Hoy el país mantiene los mismos reclamos que se escucharon en 1994. Pero a diferencia de lo que pasó entonces, en la actualidad las expectativas de los ciudadanos no son tan altas como las que enfrentó Colosio durante su camapaña. Hoy existe la certeza de que Calderón necesita de la participación de todos los mexicanos para poder hacer lo que en el país no se ha hecho desde hace mucho tiempo, quizá, y sólo para rendirle culto al mito que alguna vez construí, desde que Luis Donaldo Colosio murió.
Arturo
A raiz de la muerte de Colosio un inusual interés por la política me llevó a leer periódicos y a comprar revistas que tocaran el tema de lo sucedido el 23 de marzo de 1994. Sin ni siquiera darme cuenta, lentamente fui mitificando y desarrollando una admiración casí religiosa de su imagen. El discurso del 6 de marzo se convirtió para mí en un documento sagrado que sugería la posibilidad de un país mejor, de un México sin hambre y sin sed de justicia.
Hoy las cosas han cambiado. Ahora ya no soy tan joven ni tan ingenuo para dar por hecho que un solo hombre habría podido ser capaz de cambiar al país. Ahora pienso, no sé si con o sin fundamentos, que Colosio únicamente hubiera sido un Presidente más sensible que aquél que gobernó al país entre 1994 y 2000. No sé si hubiera podido evitar el error de diciembre pero sí creo que hubiera dado a México una dirección diferente de la que éste tomó.
Pero, bueno, la historía siguió avanzando y después del asesinato de Luis Donaldo Colosio llegó Ernesto Zedillo a Los Pinos. Y en el 2000, Vicente Fox hizo lo propio y durante ese sexenio poco se avanzó. Ya para el 2006 las expectativas estaban por los suelos. El nivel tan alto de estupidez mostrado por toda la clase política de México durante el proceso electoral no tardó en colmar el ánimo de los ciudadanos que, para el 1 de diciembre del 2006, lo único que exigíamos era dejar todo atrás y ver hacia delante.
Hoy el país mantiene los mismos reclamos que se escucharon en 1994. Pero a diferencia de lo que pasó entonces, en la actualidad las expectativas de los ciudadanos no son tan altas como las que enfrentó Colosio durante su camapaña. Hoy existe la certeza de que Calderón necesita de la participación de todos los mexicanos para poder hacer lo que en el país no se ha hecho desde hace mucho tiempo, quizá, y sólo para rendirle culto al mito que alguna vez construí, desde que Luis Donaldo Colosio murió.
Arturo
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